miércoles, 4 de mayo de 2011

El proceso de escritura de James Thurber

James Thurber, escritor y humorista gráfico


James Thurber (1894-1961), escritor y humorista gráfico estadounidense -mucho más famoso en su país que en España-, fue entrevistado por George Plimpton y Max Steele en el Hotel Continental, en París. En este fragmento que transcribo, Thurber da algunos detalles sobre su modus operandi a la hora de escribir, basado, como suele ser habitual en muchos escritores, en la reescritura compulsiva. 
Esta entrevista, junto a las realizadas a otros diecisiete grandes escritores, está incluida en El oficio del escritor (Biblioteca ERA, México, 1968), con traducción y presentación de José Luis González. 



[...] 
-¿Entonces usted no le dedica mucho tiempo a la concepción anticipada de sus trabajos?
-No. Yo no pierdo el tiempo haciendo bosquejos y cosas de esas. Elliott Nugent, en cambio, es un constructor cuidadoso. Cuando trabajábamos juntos en The Male Animal, él estaba constantemente preocupado por el desarrollo de la trama. Podía hacer la cosa de atrás para adelante: lo que iba a suceder aquí, qué tipo de situación cerraría el primer acto, y así por el estilo. Yo no puedo trabajar así. Nugent me decía: "Bueno, Thurber, ya tenemos nuestro problema, ya tenemos a toda esa gente en la sala. ¿Qué vamos a hacer ahora con ellos". Yo le decía que no sabía y que no podía decírselo hasta que me sentara frente a la máquina de escribir y lo averiguara. No creo que el escritor deba saber demasiado bien adónde va. Si lo sabe, cae en lo de siempre: el esquema, la propaganda. 


-¿Es fácil para usted el acto creador?
-Para mí es sobre todo cuestión de pulir. Es parte de un intento constante de mi parte para hacer que la versión final parezca escrita sin esfuerzo. Un cuento en el que he venido trabajando -The train on Track Six ("El tren en la sexta vía"), se llama- fue reescrito quince veces completas. En total, los manuscritos deben de sumar unas 240.000 palabras, y yo debo de haber trabajado unas dos mil horas en la redacción. Y, sin embargo, la versión final no debe pasar de veinte mil palabras. 


-Entonces, ¿es raro que sus trabajos salgan bien la primera vez?
-Bueno, mi esposa le echó una ojeada a algo que yo estaba escribiendo no hace mucho, y dijo: "Maldita sea, Thurber, eso es una composición de escuela secundaria". Yo siempre tengo que decirle que aguarde hasta el séptimo borrador, que saldrá bien. No sé por qué pasa eso, que la primera o la segunda versión de todo lo que escribo parece hecha por una criada. Sólo he escrito una cosa rápidamente. Se llamaba File and Forget ("Archívalo y olvídalo") y lo escribí en una tarde, pero sólo porque era una serie de cartas como las que uno dicta de ordinario. Y tengo que admitir que la última carta de la serie, después de haber escrito todas las otras en una sola tarde, me llevó una semana. Era el fin del cuento y tuve que darle muchas vueltas. 


-¿El hecho de escribir textos humorísticos hace que la producción sea más lenta?
Es posible. Con el humor hay que estar pendiente de las trampas. Está uno expuesto a que le guste lo primero que ha escrito y le parezca muy bueno, muy gracioso. Una de las razones para escribir las cosas una y otra vez es hacer que el texto no dé la impresión de que lo está divirtiendo mucho a uno mismo. Uno trata de atenuarlo. De hecho, si existe tal cosa como un estilo de The New Yorker, sería ése precisamente: un estilo atenuado. 


-¿Envida usted a quienes escriben a gran velocidad, a diferencia de su método de revisión constante?
-Oh, no; no los envidio, aunque admiro su suerte [...].




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